En defensa del juego

Jugar nos hace bien. A niños, a adolescentes, a adultos. Todos deberíamos jugar un poquito más.

(Imagen creada con Dall-E según la descripción de nuestro taller)

En el juego desarrollamos la creatividad.
En el juego aprendemos a colaborar.
En el juego aprendemos a competir sanamente.
En el juego probamos estrategias.
En el juego aprendemos de resolución de problemas.
En el juego tanteamos algoritmos.
En el juego se despierta la curiosidad de por qué las cosas son así y no de otra forma.
En el juego aprendemos a seguir reglas.
En el juego aprendemos a romper reglas.
En el juego aprendemos las consecuencias de romper esas reglas.
En el juego nos relacionamos con otras personas.
En el juego soltamos nuestras máscaras.
En el juego aprendemos a ganar.
En el juego aprendemos a perder.
En el juego aprendemos el rol del azar en la vida.
En el juego aprendemos que podemos tener los mejores planes y en una movida se van todos a la B.
Podemos seguir enumerando miles de razones por las cuales jugar.

Y ninguna de esas es una razón para traerle a tu hija o a tu hijo a la colonia de juegos de Aikumby.

¿Por qué?

Porque acá defendemos el valor intrínseco del juego, de por sí; no solo por el valor instrumental o utilitario del juego.

¿Qué significa eso?

Jugar es importante.
Queremos que venga porque quiere jugar.
Porque quiere divertirse jugando.
Porque quiere perderse en un mundo de fantasía sin depender de la velocidad de su pulso.
Porque quiere encontrar otras personas que también se emocionen con la historia del juego y empiecen a preguntar si Catán es una isla real, o si qué pasaría si en el mundo se coloniza todo de esa manera, ¿…o será que ya pasó eso antes?
Porque quiere probar muchos mundos, muchas técnicas, muchas formas de jugar.

Queremos que venga porque está de vacaciones, y se merece jugar.

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