La respuesta corta es NO.
Te cuento por qué:
Muchas veces asociamos la inteligencia con el éxito o el privilegio, pero en realidad nada tiene que ver con el estatus socioeconómico ni la posición social.
Lo primero que tenemos que hacer para entender la inteligencia es dejar de nombrar inteligentes solo a los muy inteligentes y barrer la imagen del niño con anteojos y libros bajo el brazo cuando pensamos en altas capacidades. Ni lo uno ni lo otro.
Convengamos:
- Todos los seres humanos somos inteligentes, aunque no todos seamos igual de inteligentes.
- Al mismo tiempo, quienes más y quienes menos no son ni mejores ni peores. Son personas y punto. La inteligencia no define el valor ni el perfil moral ni social, ni las preferencias ni la personalidad de nadie.
La inteligencia es una característica de nuestra especie y, como toda cualidad homo sapiens, se mueve en gradiantes, nunca en absolutos:

Aunque su concepto es controversial, para efectos prácticos la definición general de «inteligencia» es precisa: «capacidad de resolver problemas«
¿Todos podemos resolver problemas, no? Pero no todos resolvemos de la misma manera. Y resolver problemas no se reduce a lo académico. Resolver problemas es resolver problemas, y abarca toda nuestra existencia.
Ahora, ante un mismo problema, unos resuelven dentro de lo esperado o común, a otros les cuesta más, a otros les cuesta mucho más, a otros menos, a otros más o menos, a otros mucho menos y a otros mucho-mucho menos; he ahí la diferencia entre una inteligencia promedio (o «normal», estadísticamente hablando) que va de CI = 85 a 115, a una inteligencia promedio superior que va aproximadamente hasta CI = 125, y una inteligencia muy superior (altas capacidades) que en Paraguay comienza por CI = 128/129, y cuando llega a CI = 145-160+, hablamos de superdotación profunda.
Estos no son meros tecnicismos, son los matices que nos permiten saber cómo funciona nuestro cerebro, pero,
OJO: Los CI son puntos de corte que sirven como brújula, no como GPS. La inteligencia no se reduce a un número por lo que el CI global NO tiene la última palabra. Ya ahondaremos en este detalle, pero por lo pronto, esta salvedad es clave.
Hablamos de CI porque la estadística nos ayuda a distinguir dónde estamos en nuestra sociedad, a qué grupo pertenecemos, con qué intensidad y con qué particularidades. Las categorías sirven cuando no se convierten en etiquetas, sino en noción –más sobre este punto en las últimas páginas.
Pero volviendo al tema: cuando hablamos de altas capacidades, nos referimos a esas personas de CI muy superior en una o más áreas de inteligencia (también desarrolladas más adelante) que representan el 5% y el 1% de la población. Es decir, son una minoría, y cuando hablamos de minorías, hablamos de inclusión. De la necesidad y el derecho de todas las personas a ser atendidas en sus diferencias y recibir entendimiento y apoyo acorde a su perfil único.
¿Por qué?

Porque proveerles de una educación acorde a su capacidad no es elevarlos sobre el resto ni mimarlos; es darles lo justo. Es tratarles humanamente.
Curiosamente, el mismo razonamiento invertido hacia la discapacidad no necesita aclaraciones. ¿Quizás porque pensamos que la discapacidad es un problema y no una diferencia, y que la alta capacidad es un súperpoder y no una diferencia? Sería bueno revisarnos y ver desde dónde estamos juzgando.
Aquí es oportuna
otra salvedad clave: gran parte de la población con altas capacidades también presenta discapacidad(es), hereditarias y/o resultado de un ambiente que ignora, castiga y critica. De nuevo: en inteligencia no existen blanquinegros, no existen absolutos.
De la falta de conocimiento y sensibilidad social nacen y proliferan los mitos sobre un supuesto elitismo asociado a esta característica humana que nadie elige tener, como nadie elige ningún componente hereditario.
Como ningún bebé elige caminar ni hablar «antes de tiempo», ningún niño o niña elige ser «preguntón/a» y ningún/a adulto/a elige sufrir por no pertenecer.
Eso sí: como la inteligencia es el resultado de herencia y ambiente, la clase social y el contexto (político y comunitario) pueden definir si te ignoran o te protegen; si crecés o te marchitás. Del ambiente de cada uno depende la comprensión y ayuda para existir dignamente. Porque, mal o bien intencionado, nuestro ambiente afecta nuestra calidad de vida y salud integral.
Sí es cierto que si nacés en el seno de una familia pudiente, las probabilidades de que te brinden herramientas para vivir acorde a quién sos aumentan, sobre todo porque el sistema educativo tradicional aún no está listo para identificarte y hacer ese trabajo en caso de que tu entorno inmediato no pueda. Entonces, vemos muchas historias de «éxito» asociadas a una educación y estilo de vida de élite, típicamente en el mundo académico y empresarial -nos saltamos un poco el deporte y el arte, porque he ahí otro mito: altas capacidades = ciencia e ingeniería.
No estamos acostumbrados a pensar que el pobre o el desventajado puede ser inteligente y expandir su talento. No estamos acostumbrados a pensar que un/a paraguayo/a es inteligente. Por eso, si te toca nacer pobre, en un país vulnerable, en un barrio donde debés sobrevivir antes que vivir (como es el caso de la mayoría de los paraguayos), tu suerte se distorsiona. En un país como el nuestro, el poder puede pertenecer a un 2%, pero no es allí donde se concentra la inteligencia, ni es allí hasta donde puede llegar.
Ese niño prodigio en el fútbol que tiene que tomarse tres colectivos para entrenar, esa niña que brilla en la danza aunque quizás no pueda hacer carrera; ellos también son. Es más, tenemos mucha investigación (y más por venir) sobre aquellos niños y niñas del interior que se sacrificaron para entrar, entrenarse, permanecer y crecer en OMAPA, porque en Paraguay, el talento matemático es el que cuenta con la mejor estructura de apoyo. Ojalá la misma suerte tuviera todo el abanico de talentos del ser humano. Pero es un paso, un gran paso.
Ahora bien, ¿a quién culpamos y reclamamos estos mitos que no nos dimos cuenta que estábamos reforzando? ¿Al «sistema» (que es quién)? ¿A la «sociedad» (que es quién)?
Yo diría que, antes que buscar culpables, necesitamos ejercitar la empatía, psicoeducarnos y psicoeducar a nuestro ecosistema para tender puentes que nos permitan cruzar al otro lado de la conciencia social, hacia los puntos ciegos que todos tenemos —porque no podemos saber todo— y debemos navegar en comunidad.
Cabe preguntarse cuánto podríamos hacer como sociedad si dignificáramos a nuestros talentos en lugar de pensar que vienen con la vida resuelta o de querer encajarlos a fuerza de tipicidad.
En la historia de talentos pobres y enfermos jamás escuchados o escuchados muy tarde, una cosa es cierta: todos y todas explotan su excepcionalidad como pueden, no por productividad ni capricho, sino porque pensar y crear (que no es lo mismo que «producir» —afuera otro mito) conforman literalmente su razón de ser.
Al margen de los embates de la vida, tuvimos un Van Gogh, una Emily Dickinson, un Galileo, un Kafka, un Tesla, una Alfonsina Storni, una Serafina Dávalos ridiculizada, atacada y marginada en su tiempo…
¿Qué hubiese sido de ellos en un ambiente más empático y libre de mitos cuadrados? Quizás les hubiésemos ahorrado mucho dolor con solo reconocerlos.
Para que la meritocracia y el dolor dejen de ser el motor del talento en Paraguay, debemos entender que la inteligencia no tiene clase social, ni género, ni etnografía, ni propósito claro más que ser fiel a su naturaleza.
Es decir:
ni disciplina ni estudiante «todo 5», ni CI solamente.

Libreta de calificaciones de Einstein
La inteligencia es un abanico de capacidades verbales, visoespaciales, de atención, memoria, lógica y velocidad de procesamiento (medibles numéricamente). Y es personalidad, escala de valores, historia e intereses (medibles cualitativamente), todo lo cual escasas veces es lineal.
Podemos ser muy buenos en una(s) cosa(s) y muy malos en otra(s); no somos una sumatoria, un «sí» o un «no», sino un continuum. Por eso la mirada global es apenas una brújula, un indicador. Necesitamos de profesionales que sepan matizar y evaluar el cerebro como se toma una huella digital; con toda su unicidad.
Más aún: Ese 5% y 1% pueden ser 50 estudiantes en un colegio de 1.000; no pienses que son uno-o-dos. No pienses que una minoría se cuenta con los dedos una mano. Una minoría es siempre demográfica.
Y por favor, por favor, la próxima que pienses en altas capacidades, pensá también en esa o ese estudiante en silencio, en el/la febrerista, «indisciplinada/o», en ese/a «estudiante problema» que hace berrinches y cuestiona todo, que llegó al resultado sin saber explicar el proceso o con un proceso no convencional, o que nunca hace nada pero luego rinde excelente. Pensá también en la bailarina, el futbolista, en artistas, atletas y opinólogos/as seriales. Tratales con ternura. Les suele costar socializar y funcionar como el resto. Otros son líderes, aplicados/as y fáciles de identificar, pero no creas que son la mayoría.
Sacate al niño de anteojos y libros bajo el brazo, reemplazalo por muchas imágenes diferentes: una niña con un trombón, otro con su patineta, otros sumidos en libros pero también en sus videojuegos. Pensá en adolescentes y adultos/as.
Pensá en los que se salieron del sistema o no pudieron entrar. En los que no tienen título, pero sí una carrera prolífica, o muchas diferentes. En los que aún no encuentran su pasión y siguen probando carreras y trabajos. En lo poco convencional; ahí, normalmente, suelen estar.

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